La necesidad de escribir… y de pensar escribiendo

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La escritura debe ser para cualquiera lo mismo que comer o dormir, afirma Natalie Goldberg en su última obra: The true secret of writing. En la vida, tanto el comer como el dormir, son actividades tan ordinarias que usualmente no merecen nuestra atención; a menos que la sazón de un alimento –como sucede en algunas culturas, como la francesa o la italiana, donde el buen comer es parte fundamental de la vida– o lo irreal de un sueño, nos hagan pensar en ello. Sin embargo, comer y dormir significan mucho para el que tiene hambre o para el que padece de insomnio.

Algo parecido ocurre con la escritura. Para el alfabetizado, la posibilidad de escribir –por no equivocarme al decir “capacidad” –, puede ser de poca importancia; pero cuando tiene la urgente necesidad de expresarse por escrito, descubre la importancia inherente a la redacción correcta de las ideas que intenta comunicar, y entonces es cuando se preocupa por no poder hacerlo apropiadamente.

Mi abuela materna, nacida a finales del siglo XIX y fallecida a mediados de la década de los setenta del pasado siglo XX, vivió una época –que abarcó desde mediados los años veinte hasta mediados los cuarenta–, en que su talento no sólo para escribir sino para redactar documentos complejos, le valieron convertirse en el centro del quehacer político de su pueblo.

Antes de llegar a este punto, habida cuenta que era una persona sumamente informada –debido a intensas lecturas de libros, periódicos y revistas, a la constante escucha de los programas culturales y noticiosos de la radio, y hasta por su acceso al telégrafo, porque cabe decir que también conocía el oficio de telegrafista y, en ocasiones de emergencia, llegó al grado de ocupar un puesto vacío durante varias horas en las oficinas del ferrocarril Mexicano del Norte–, comenzaron los políticos del lugar a pedirle su opinión sobre cuestiones que les eran confusas; después, pasó a asesorarlos; finalmente, se convirtió en mentora y amanuense de la clase política.

Analizar asuntos de gobierno y de partidos, problemas locales y regionales, visitas importantes, entre otras cosas; discutirlos, y pensar escribiendo para otros sobre múltiples temas, ya fuesen comunicados o discursos, guías o propuestas, fueron su pasión durante dos décadas. Nunca ostentó ningún puesto público –aunque tampoco hubiera podido en aquellos años de la post-revolución– ni recibió remuneración alguna, pero sí influyó notoriamente en las personas y en el quehacer de su pequeño pueblo. Tampoco publicó jamás una sola línea. Con el paso del tiempo, la memoria de su quehacer, como la del sitio en el mapa que la cobijó, quedó borrada.

Sus hijos e hijas contaban de qué manera, ya fuera en la cocina de la vivienda, al calor de la estufa de leña –en tiempo de frío–, o en el patio, al fresco de la tarde –en tiempo de calor–, los hombres políticamente más poderosos del poblado se reunían con ella para consultarle sobre toda clase de dudas y escuchar sus consejos. Las cosas comenzaron a cambiar cuando sus hijos crecieron, y terminaron cuando se mudaron a otros lugares.

La herencia que recibí de ella, además de las historias contadas por otros sobre su actividad de asesora y escribana política, y, en especial, a través de las largas horas de conversación que sostuvimos durante mi adolescencia, fue el gusto por la lectura reflexiva y crítica, por la anotación comentada de textos, por el permanente espíritu de autoeducación –asunto trascendental para ella, que nada más poseía la educación básica adquirida a principios del siglo XX, que entonces consistía en 4 años de estudios–, y por la investigación metódica que apelaba a toda clase de medios al alcance para elucidar cualquier incógnita.

La salida de su hogar significó una renuncia a su pasado, a la política, y a la escritura; por lo menos a la escritura de corte político. Pero siempre, hasta el final de sus días, fue una incansable redactora de cartas –algunas de las cuales aún conservo–, y anotadora de ideas y pensamientos. Como paliativo, la resolución de complicados crucigramas se convirtió en su mayor entretenimiento, donde acostumbró a volcar su espíritu investigativo.

Si bien nadie puede pasársela sin comer y sin dormir, miles de millones de individuos pueden sortear alegremente la vida entera sin escribir un solo garabato; pero para la abuela, la escritura fue una cuestión orgánica de la cual nunca pudo privarse, y en ella estuvo ese ánimo hasta sus últimos días.

Victoriano Garza Almanza

Frontera MEXUS

Octubre 30, 2013